No hace buen tiempo en Knight's Hollow. Pero ya te habías dado cuenta, ¿verdad? Justo cuando enfilas el estrecho y tortuoso camino mal asfaltado que lleva al pueblo, subida en aquel coche de alquiler. Demasiados baches, demasiadas curvas... demasiada nieve. Aún así, te conformas con la calefacción al máximo y con poder pegar una cabezada después del duro viaje en tren mientras el misterioso chófer que te ha recogido en la estación te conduce hasta tu destino.
Al llegar al pueblo, tu visión sobre el lugar no mejora. Todavía adormilado, miras por el cristal cubierto de vaho a causa de la diferencia de temperatura. No hay ni un alma en la calle; el frío no es buena compañía. Además, ha anochecido. Te remueves en el asiento trasero y estiras el cuello para ver el reloj instalado en el automóvil. Las once y media de la noche. Pero, a pesar de la hora, las luces de una taberna en la calle principal siguen encendidas. El chofer insiste en que tomes algo caliente allí, y te deja justo enfrente. Al salir, puedes ver que, en una tabla de madera colgada de mala manera sobre la puerta, está inscrito el nombre de la taberna: Duke'n'Virgin.
Entras, pides una copa y te sientas en el único taburete libre que queda al lado de la barra americana, entre dos hombres con cara de pocos amigos que no te miran muy bien y que se terminan rápidamente su cerveza. Salen antes de que aquella mujer rechoncha, bajita y morena que te ha atendido antes te sirva el whisky. Cuando lo hace, te sonríe.
- Nuevo por aquí, ¿verdad? -pregunta mientras limpia la barra de madera con un trapo ya manchado de café.
Dejas el vaso de whisky en la mesa.
- Pues... si. Acabo de llegar.
- En invierno nunca es bueno venir por aquí. ¡Tendrías que habernos visitado en verano!
Le dedicas una sonrisa, y ella vuelve a su trabajo. Se gira hacia la cafetera y saca dos tazas grandes, en las que echa leche. Crees que ha hecho una para ti, pero justo cuando vas a decirle que no has pedido café una chica de no más de veinticinco años sale de la trastienda y te mira de arriba a abajo. Se parece mucho a la mujer que te ha servido antes el whisky, aunque es más alta que ella. Pero conserva la tez pálida, el pelo negro y los ojos claros. Lleva un cigarro en la boca, y echa el humo por la nariz. Cuando la ve, su madre le reprocha el fumar delante suya, pero la chica no se digna a apagar el cigarro; coge el café y desaparece tras la ______________________________. No te molestas en preguntar por ella. Pagas la copa y sales del bar con rapidez, abrazándote a ti mismo a causa del frío.
El viaje en coche resulta ser corto en comparación con todos los kilómetros que has hecho. Media hora no es nada comparado con las seis largas e interminables horas en tren, aguantando a gente como aquella pelirroja adolescente y aquel chico mago que no dejaban de bromear y de reir cuando tú solo querías dormir para que el viaje se te hiciera más corto.
En todo caso, ya estás allí.
El chofer te abre la puerta y saca tu equipaje. Llevas una maleta con ropa para tres semanas que pesa bastante, pero el hombre que te ha llevado desde la estación hasta este pueblucho se mete de nuevo en el coche y se va, perdiéndose en la noche al girar la curva que lo llevara de nuevo al pueblo, sin ayudarte.
Coges la maleta y te encaminas hacia lo que hacía años pareció ser una abadía. No puedes apreciar los detalles, pero te das cuenta de que es un lugar demasiado grande para una persona con un sueldo normal. Quien te ha invitado tiene muchísimo dinero; quizás algún título nobiliario. Avanzas hasta el enorme portón de madera y posas la mano sobre la aldaba, tocando exactamente cuatro veces, como decía en la carta.
Oyes unos ruídos tras la puerta. Y, de repente, esta se abre con un chirrío que te hace tragas saliva. Al dejar al descubierto el interior de la casa, te das cuenta de que dos siluetas oscuras están paradas en medio del pasillo, esperándote.
- Bienvenido, señor
O'Toole. Lo estábamos esperando.
El dueño de aquella voz se deja ver, dando dos pasos hacia ti. Es un hombre alto, delgado y bastante estirado, con el cuello largo y la mirada altiva. Lleva un uniforme típico de un antiguo mayordomo. A su lado, una mujer mucho más baja y bastante entrada en carnes lo observa con miedo. Tras una mirada rápida por parte del mayordomo, la mujer corretea hasta ti y coge tu maleta.
- Soy
Aldo, el mayordomo. Siento comunicarle que el señor
Collins, el dueño de la abadía, no se encuentra en estos momentos por razones mayores. Pero, si me acompaña, en el salón se encuentran todos los invitados.
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