Al lado de la chimenea,
Marcus Atkins observaba con detenimiento a cada uno de los presentes en el salón de la misteriosa Abadía. Todavía recordaba lo que ponía en la carta que le habían enviado, casi ilegible a causa de la letra. Pero, a pesar de ello, había podido distinguir varias frases que le habían servido para llegar hasta Knight's Hollow.
Querido Marcus,Han pasado tantos meses... reuníos conmigo en Knight's Hollow... es un lugar verdaderamente encantador... el veintiocho de Diciembre.Siempre tuya,C.C.Había acudido a la llamada de su amiga sin pensarlo dos veces, aún cuando la carta había llegado tan solo con dos días de antelación. No importaba. La abadía hacía las delicias de cualquier hombre interesado por la arquitectura y el arte, y aquellas pequeñas vacaciones invernales le iban a sentar bien. Podría incluso divertirse; todo podía ser.
Se removió en el sillón, dando bocanadas de aire mientras fumaba de la pipa, notando el gusto amargo del tabaco en la boca, y miró al hombre que estaba sentado delante suya. Era un muchacho de no más de treinta años, nervioso. No tenía las manos quietas, y su mirada perdida en la hoguera le daba un toque desesperado.
- Chico, ¿te encuentras bien? -preguntó.
Volvió la cabeza rápidamente hacia el escritor.
- Me... me ponen nervioso los sitios tan grandes.
- Oh - se limitó a contestar
Atkins.
Creyó recordar que se apellidaba
Murdoch, pero no recordaba el nombre. Tampoco le dio tiempo a pensar mucho, pues
Dunne Morgan apareció de la nada y se sentó en uno de los reposabrazos del sillón en el que
Murdoch estaba sentado, con la libreta en la mano y una sonrisa de oreja a oreja dibujada en el rostro.
Desde que habían llegado a la casa, la periodista no había dejado de recopilar información. A
Marcus no es que le molestara, pero seguramente alguno de los presentes podría crisparse a causa de la tensión que había en el ambiente porque el anfitrión, el señor
Collins, no estuviera en el salón junto a sus invitados. Ni siquiera lo conocían, pero habían acudido allí, a aquel pueblucho perdido entre las montañas. Y aquello parecía intrigar a
Dunne, pues como le había contado,
Collins la había invitado para que hiciera un reportaje sobre todo aquello.
- ¡Señor
Atkins! -lo llamó- Tiene usted que firmarme un autógrafo antes de que nos vayamos de aquí. Soy fan suya, ¿sabe usted?
Marcus apartó la pipa de los labios.
- Le doy mi palabra, señorita
Morgan.
Amplió su sonrisa.
- ¡Estupendo!
Atkins miró a
Murdoch. Parecía más nervioso desde que la pelirroja se le había acercado. Dudó en si despedir a
Dunne poniendo la excusa de la chica que había entrado, pero ella ya había comenzado a hablar sobre la abadía y sobre libros de terror góticos que fácilmente podrían haberse inspirado en lugares como aquel. En aquellos momentos, comentaba detalles sobre asesinatos espeluznantes que
Marcus había escrito en una de sus novelas,
El Octavo Pecado.
- Y, ¡oh, señor
Atkins! No sabe lo mal que lo pasé al descubrir que el asesino era...
- Shhh, señorita
Morgan -la interrumpió-. No querrá destriparle el final al señor
Murdoch. ¿Verdad? -preguntó, dirigiéndose al moreno, que lo miró vacilante.
- Eh... si, claro, claro.
Dunne bufó.
- Pues qué fastidio.
Atkins sonrió.
- No se preocupe, señorita
Morgan. Le contaré todos mis secretos cuando estemos a solas.
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