ELIZABETH GREEN
|Abadía del señor Collins|
Llevaban ya un buen rato sentados en las cómodas butacas de cuero cuando un destello captó la atención de Liz por el rabillo del ojo, distrayéndola de la agradable vista de las llamas. No es que la sala no fuera, bueno, impresionante, pero un fuego bien hecho tenía la capacidad de atraer las miradas de un modo magnético, casi mágico.
La fuente del destello era el anillo metálico de otro de los presentes, un joven desaliñado que no paraba quieto con su cigarrillo. Desde donde se encontraba, sentada junto a la chimenea, no podía distinguir el dibujo, y menos sin las gafas de lectura que esperaban pacientemente en su bolso a ser utilizadas.
Se alisó la falda del traje con las palmas de la mano, dispuesta a esperar todo lo que hiciera falta en ese entorno tan cómodo y rústico, pues tenía muy frescos interminables meetings de prensa en horribles sillas de plástico y mesas de la misma calaña. Para variar, se estaba bastante bien.
Cuando volvía la vista al fuego, se abrió, tras dos o tres minutos de chasquidos e intentos fallidos, la puerta. En el marco podía observarse una figura alta, seguramente Aldo, y otro huésped que penetraba en la habitación. La luz del fuego reveló un hombre en su cincuentena, de pelo corto y ojos claros. Lo saludó con una educada inclinación de cabeza, puesto que, francamente, se encontraba demasiado cansada para levantarse y darle la mano como es debido. Ya se ocuparía de eso más tarde.
- Buenas noches.