Josh Mauer giró la cabeza hacia el cúmulo de gente.
¿Que hacía él entre tal elenco de personalidades? Él, un simplón camarero que tan sólo intentaba hacer bien su trabajo en un intento por empezar de nuevo. No tenía sentido y, aunque se sentía en parte alagado, una vocecilla en su cabeza le decía que su invitación no era exactamente como las demás.
Desde que había llegado, de los primeros y hecho un saco de nervios, se había apoyado en una de las paredes a mirar por la ventana. Salvo con los pocos que habían decidido ir a saludarle, él se mantuvo al margen, presentándose con un simple apretón de manos y una media sonrisa. - Encantado... Encantado, señor. Un placer. - Siempre con aquel tono animado, efusivo, que acrecentaba a pensar que andaba metido en las drogas.
Su aspecto, el de siempre.
Llevaba una chupa de cuero, con un par de parches en la espalda que no recordaba de donde habían salido. Alto y desgarbado, andaba un poco encogido. Y aunque podía llegar a ser un hombre apuesto, su rostro delgado y descuidado y las marcadas ojeras escondían sus encantos físicos. Parecía casi hiperactivo, no podía parar de moverse y los nervios no hacían más que hacerle golpear suavemente el suelo con el pie una y otra vez.
Alguien le ofreció un cigarrillo, dudando si debía aceptar o no. Estaba acostumbrado a no fumar delante de los clientes, y aquellos, en su mayoría, se parecían mucho a las personas con las que solía tratar. Pero se dijo a sí mismo que en aquel momento no se encontraba trabajando, y que podía permitírselo. Quizá así calmara los nervios.