Dunne MorganAbadía
Dunne tenía buen oído. Por eso, cuando escuchó como el portón de madera que era la entrada a la enorme abadía construída a base de piedra y esfuerzo se abría con un ligero chirrido, se levantó de un salto del sofá en el que había pasado el rato tomando notas de cada uno de los detalles del salón y de los huéspedes. Y es que, desde que aquel chofer que no soltaba prenda la dejara delante de la extraña y siniestra abadía, no había parado de hacer preguntas a todos los que se iban a alojar allí durante las tres semanas próximas. Algunas caras eran nuevas, pero otras las recordaba del tren. Por ejemplo, conoció a
Gabe March, el mago, en el vagón en el que se habían pasado seis horas llenas de interminables bromas, risas y juegos. También estaba el tal
Jareth Smith, que ahora se dedicaba enteramente a su cigarro. Y algunos más que, esparcidos por el salón, se entretenían como podían.
Aldo, el mayordomo, llegó al salón acompañado de un hombre que podría ser su padre. Sin pensarlo dos veces, la pelirroja voló hasta la entrada del salón y, con el bolígrafo a punto para escribir en la libreta, empezo a soltar una retahíla de palabras a la que
Aldo, que pareció huir despavorido -o eso imaginó
Dunne-, ya parecía estar acostumbrado.
- ¡Bienvenido a la humilde morada del señor
Collins, señor...! Bueno, no importa -cortó, antes de que
Shane O'Toole pudiera contestar- Yo soy
Dunne Morgan -le estrechó la mano con una sonrisa en los labios-, encantada de conocerle. ¿Es usted el último invitado? ¿Sabe si habrá más? ¡Porque esto se está convirtiendo en una jaula de grillos!
Se acercó al hombre, poniendo la palma de la mano extendida al lado de la boca, de tal forma que solo
Shane podía saber lo que decía.
- Sobretodo con
Smith, que no deja de fumar. Entre usted y yo, es un poco rarito.
Se separó y, con la sonrisa impenetrable, empezó a hacerle preguntas. Nombre, edad, de qué trabajaba... Pero las hacía tan rápidamente que a
Shane ni siquiera le daba tiempo a contestar. Era un monólogo constante que solo fue cortado por la interrupción de otro de los invitados.
- Señorita
Morgan, está ahogando al invitado con sus preguntas. Déjelo descansar; ha sido un largo viaje.
Dunne se giró. Al lado de la chimenea, hundido en uno de los mullidos sillones de terciopelo rojo y negro, un hombre de avanzada edad los miraba con una pipa en la boca. Le hizo un gesto con la cabeza a
Shane a modo de saludo. La periodista se volvió de nuevo hacia el recién llegado, poniendo los ojos en blanco.
- Si, señor
Atkins -contestó, arrastrando las palabras-. Es
Marcus Atkins -le explicó a
Shane, en voz más baja-, ¿lo conoce? El famoso escritor.