|En el Salón de la Abadía|
Sentada en uno de los enormes sofás de aquel salón se encontraba la joven Carrie, quien en ese momento cruzaba con parsimonía sus piernas, dejando entrever por la larga apertura de su falda parte de sus estilizadas piernas. Depositó sobre sus rodillas un minúsculo bolso de piel del cual sacó un también minúsculo espejo, en el que no tardó en mirarse. Poco después acompañó al espejo un kit de maquillaje de "Primeros Auxilios". Se sentía horriblemente mareada y asqueada tras aquel tortuoso viaje por lo que había parecido medio mundo y necesitaba recomponerse a base de maquillaje. Aún no entendía como había podido soportar estar durante horas en un tren que parecía anclado en el pasado y en el que no conocían en absoluto la expresión "Primera Clase". Se había visto obligada a compartir vagón con gente que no paraba de reír, de fumar y de hacer trucos de magia como si de una andrajosa taberna de pueblo se tratara, hasta tal punto que ella también había comenzado a sentirse vulgar. Esperaba que eso pudiera arreglarse con un poco más de brillo de labios.
Y es que volvía a retorcérsele el estómago solo de pensar que por un momento se había sentido como en casa al llegar a esa enorme mansión, incluso más grande que la de su padre. Le habían recogido sus dos maletas, todas llenas de ropa de marca, y su maletín de mano, en el cual había guardado sus zapatos. Se había sentido atendida, el centro de atención de todo aquello. Pero al entrar en el enorme salón volvió a la realidad. No estaba sola y no era, en absoluto, el centro de atención. Nadie parecía reparar especialmente en ella y tampoco nadie se levantó corriendo a pedirle con entusiasmo un autógrafo por sus películas. "Qué gentuza".
- Al menos podría venir alguien a servirnos algo de beber. -Dijo, con aire crítico, mientras añadía algo de colorete a sus pálidas mejillas y se retocaba un mechón rebelde de pelo.- Por dios. Yo nunca permitiría que trataran a unos invitados míos de esta forma. Que vergüenza ajena.
No podía saberse con seguridad si hablaba para sí misma o para el resto de invitados. Fue entonces cuando la puerta se abrió por última vez y Carrie le dedicó al recién llegado una mirada escrutadora por encima de su espejo, el cual cerró de un solo golpe y lo volvió a introducir en su bolso.
- Buenas.