
Carrie Buckley
|Salón de la Abadía - Subiendo a las habitaciones|
Aquella interminable y aburrida espera acabaría matándola, pensaba la rubia, mientras se llevaba una mano a la boca para disimular un bostezo. Entonces tuvo la sensación de tener unos ojos descarados clavados en ella y levantó la mirada, curiosa, para encontrarse con la de aquel atractivo hombre que paseaba por el salón. Como siempre que se sentía admirada por alguien, el buen humor volvía a ella y le iluminaba el rostro. Le devolvió a Seth una sonrisa coqueta, mientras cambiaba el cruce de sus piernas de forma elegante y bien calculada.
Justo entonces, todos vieron aparecer por el umbral de la puerta al mayordomo de la Abadía. Carrie, por su parte, no pudo evitar sentise complacida. Tal vez sus quejas sobre el servicio sí que hubieran surtido algún efecto, pensó, y ahora fueran a recompensarles con una increíble cena o les condujeran a unas elegantísimas habitaciones donde podría darse un buen baño de espuma. O tal vez no. Porque el misterioso hombre había desaparecido en cuestión de segundos, dejándoles allí sin saber a donde dirigirse. Se puso en pie al mismo tiempo que otros de los allí presentes y golpeó con uno de sus tacones un par de veces en el pulido suelo, como vía de escape a su frustración y a su mal genio.
- Que desfachatez. Ni siquiera nos dice donde queda el supuesto "Salón Principal". Si yo fuera la dueña de esta Abadía, habría despedido a ese incompetente hace ya mucho tiempo. -Continuó quejándose, mientras se alisaba una ridícula arruga de la falda y cerraba el broche de su bolso.- Paso de todo este jueguecito. Yo voy a subir a buscar mi habitación. Y más vale que mis maletas estén intactas, o pasaré de quejarme del servicio a asesinar al servicio.
Dicho esto, salió de la estancia tras Mauer, pero en vez de seguirle se decantó por salvar la distancia que la separaban de las enormes escaleras de mármol al compás del choque de sus tacones sobre el pulido suelo a cada paso que daba y balanceando su rubia melena. Apoyó una mano en la barandilla cuando subió los primeros escalones, más no tardó en retirarla con una mueca de asco y sacudirla enérgicamente, intentando quitarse el polvo que había manchado sus dedos.
- ¡Joder!
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