Alex podía observar a todos los integrantes de la estancia desde una oscura esquina. Las lenguas de fuego de la chimenea iluminaban bastante la estancia pero, aún así ella aún pasaba desapercibida.
No le gustaban los misterios y el hecho de estar encerrada con un montón de desconocidos en mitad de la nada, la obligaba a mantener todos sus sentidos alerta, observando a cada persona, escudriñando sus rostros…
Parecía que todos los invitados estaban por fin en la abadía, así que decidió dar un paso al frente dejándose ver por fin. Se acercó a la chimenea sin prestar atención a los demás y se arrodilló frente al fuego para calentarse las manos. El atizador estaba en un colgador al lado de la chimenea así que sin pensarlo y como si fuese una costumbre lo agarró y comenzó a atizar el fuego… la relajaba ver las llamas.